martes, 14 de agosto de 2012

Los Pujadas



14 DE AGOSTO DE 1975 -EL ASESINATO MASIVO DE LA FAMILIA PUJADAS

Por Silvia Valerga
La escalada represiva que se vivió en los meses previos al golpe militar del 24 de marzo de 1976 tuvo su pico máximo la noche del 14 de agosto de 1975, cuando varios integrantes de la familia Pujadas fueron secuestrados en medio de la noche, fusilados y sus cuerpos, tras ser arrojados a un pozo, volados con explosivos.
La provincia de Córdoba estaba intervenida y el poder cayó en manos del brigadier Raúl Lacabanne, quien a través de su secretario privado Miguel Egea proveía de dinero y logística a la versión cordobesa de la Triple A, que fue el Comando Libertadores de América, la organización formada por militares, policías y civiles que operaban bajo las órdenes de la temible dupla formada por el militar retirado del Ejército llamado Héctor Vergez, alias “Capitán Vargas”, y un suboficial de la Aeronáutica, Pedro Raúl Telleldín, quien se hizo cargo del Departamento de Informaciones de la Policía.
Los padres y hermanos de Mariano Pujadas, uno de los presos fusilados en Trelew en 1972, eran una familia catalana que llegó a la Argentina en 1953, por el terror que imponía el franquismo, y aunque tanto José María Pujadas como su esposa, Josefa Badell, eran brillantes médicos, recibidos con diploma de honor, cuando se instalaron en Córdoba construyeron una cabaña avícola.
Josefa trabajaba todo el día, conocía y manejaba el funcionamiento de la cabaña, desde los galpones de las cuatro sucursales hasta la planta de incubación. José María atendía toda la parte económica y comercial de la empresa familiar. Quienes lo conocieron lo describen como una persona culta y delicada en el trato con la gente, y aseguran que en la cabaña había un ambiente de mucho trabajo, pero también de gran amistad.
De los seis hijos que tuvieron los Pujadas, Mariano era el único que hasta ese momento tenía actividad política, fue uno de los fundadores de Montoneros y había participado en la toma del destacamento militar de La Calera. Mientras estaba preso en Trelew, en la cabaña la vida de la familia transcurría entre el trabajo y el estudio.
Juan Carlos Maristany fue novio de María José Pujadas durante cuatro años. Hace un esfuerzo frente a tanto tiempo empeñado en borrar los recuerdos de aquel horror y dice que “durante ese período no había otro tipo de militancia política, salvo la preocupación por el estado de Mariano en la cárcel y las lógicas comunicaciones con los otros padres de presos políticos”.
“Cada uno tenía, aparte de las responsabilidades en la cabaña, sus obligaciones de estudio. Ricardo estudiaba ingeniería electromecánica, de lo que se recibió. José María estaba dedicado de lleno al trabajo de la cabaña, Angeles estudiaba ciencias económicas, Sergio agronomía, igual que yo pero más avanzado, por lo que también se recibió antes del desastre, y María José terminó el secundario cuando estábamos de novios y empezó la carrera de Historia”, recuerda.


La cabaña era un lugar donde trabajaban la familia y muchos empleados; sin embargo, la policía, el Ejército o quienes fueran, hacían allanamientos cada tanto. El ex novio de María José dice: “A mí me toco estar en uno cuando entraron, yo pienso que sin saber realmente qué buscaban, hablaron con los padres, revolvieron el escritorio y se fueron”.
Maristany explica que “luego vino la primera gran catástrofe cuando, tras el intento de fuga, lo llevan a Mariano a la base aérea Almirante Zar, de Trelew, junto con los otros chicos que habían participado, y esa noche fueron brutalmente asesinados. Pese a la advertencia por parte del Ejército de que no se podía abrir el cajón, pues ellos daban la versión de un intento de fuga con el consecuente enfrentamiento, Pujadas padre hizo, en un momento del velorio, retirar a la gente y junto con mi padre, que también era médico, y otro médico más amigo de la familia de apellido Smith, abrieron el cajón. Yo estaba presente”.
Juan Carlos asegura que “Mariano tenía heridas en las piernas, los brazos y muy pocas en el tórax, pero sí tenía un brutal hueco en la nuca, lo que corroboraba que había sido fusilado y muerto con un tiro de gracia. Todo este episodio fue brutal, y sin lugar a dudas habrá generado en los Pujadas un lógico resentimiento con los militares y la policía. Así las cosas se fueron poniendo cada vez más difíciles, los padres estaban profundamente amargados, José María empezó a militar en la Juventud Peronista y María José terminó el secundario, entró en la universidad y allí se enroló en la JP. Ese fue el momento en que cortamos nuestro noviazgo. Ya mucha gente que no conocía ni la familia ni el entorno hablaba de los Pujadas como si fueran dirigentes montoneros, pero eso no era cierto”.
Maristany opina que “ese chisme descabellado, que corrió de boca en boca y hasta el día de hoy se mantiene en algunos rincones de esta sociedad, más la locura de un grupo de asesinos, desembocó en una de las matanzas más brutales que tuvimos en Córdoba”.
Esa noche de la masacre, en la casa estaban el matrimonio Pujadas, sus hijos José María, María José y Víctor, la esposa de José María y la hijita de ellos, María Eugenia. Los Pujadas tenían tres hijos más: Ricardo, que ya estaba casado y vivía con su mujer y su hija en el centro de la ciudad; Angeles, que estaba casada y hacía poco tiempo que se había mudado a una casa que compraron los Pujadas padres, alejada de la cabaña avícola, y Mariano, quien había sido fusilado en Trelew. Los que se sobrevivieron esa noche fueron Víctor, que tenía once años, y María Eugenia, de tres meses, porque los encerraron en un baño. De los presentes se salvó milagrosamente la esposa de José María, pero falleció a los pocos meses a causa de las secuelas de aquella noche. Los tres hermanos que quedaron (Ricardo, Angeles y Víctor) y sus respectivas familias se fueron a España con muy pocas pertenencias. Ninguno de los tres volvió a vivir a la Argentina, pero todos han estado de paso visitando a familiares o por negocios. Ricardo falleció hace algunos años a causa de un cáncer de hígado.
Juan Carlos Maristany destaca que “había en esa familia mucha honestidad, mucha sensibilidad social y muchas ganas de hacer. Todo esto fue truncado espantosamente por un grupo de ‘animales’”. María José se mantiene en su recuerdo como “una hermosa mujercita que a simple vista parecía sumamente frágil pero, en realidad, era fuerte y apasionada en todos sus actos. Reía con pasión, lloraba con pasión. Toda su existencia fue un homenaje a la vida y al compromiso”.