lunes, 6 de agosto de 2012

Cátulo

Por otro Cátulo peronista

Por Domingo Arcomano

OVIDIO CATULO GONZÁLEZ CASTILLO nació en Buenos Aires el 6 de agosto de 1906, y pudo haberse llamado “Descanso Dominical” según una versión o “Primero de Mayo” según otra. Quizá ambos hayan sido intentos neutralizados por el empleado de Registro Civil, quien finalmente aceptó la apelación al mundo clásico-romano de don José González Castillo, padre del niño. La vena libertaria de aquel, con su tradición inmigrante, y la de criollos de la época de Rosas de la que provenía su madre doña Amanda Bello, confluyeron naturalmente en la militancia popular de quien no flaqueó en las duras ni en las maduras. Exiliado desde niño en Chile debido a las persecuciones contra su padre, combativo escritor y dramaturgo anarquista, regresó a la Argentina en 1913. Concluidos sus estudios primarios, y con un bachillerato dudoso fue alumno de composición de Juan V. Cianciarulo. Precoz autor de tango (a los 17 años compone “Organito de la tarde” al que su padre pondrá letra y cantará Azucena Maizani) había arrancado a los golpes en 1922 como exitoso boxeador, hasta ser campeón nacional en la categoría de peso pluma. El “flaco” Catulo, más bueno que el pan, autor de más de 400 tangos, artista de cine, novelista y escritor argentino en toda la línea terminó derrumbando sus 90 kilos un 19 de octubre de 1975. El tercer gobierno de Perón lo había rescatado del ostracismo y las penurias a las que lo condenó la miseria gorila del 55. Funcionario público desde 1930 (gana el concurso para una cátedra en el Conservatorio Municipal), alternó la docencia con los tangos y la militancia gremial en la estructura orgánica de SADAIC. En 1954 -2do. Gobierno del General Perón-fue Presidente de la Comisión Nacional de Cultura. Su compromiso con los explotados ya asomaba claramente en la letra del tango que Gardel le grabara en 1925, Caminito del Taller:

Una mañana fría te vi por vez primera
por la desierta calle, rozando la pared,
como si el viento helado que barría la acera
te acelerara el paso, camino del taller.

Y en el fondo grisáceo de aquel día de hielo
ponían una gota de ironía mordaz,
el sol de tus cabellos, tus pupilas de cielo
y el cuerpito aterido que envolvía el percal.

Había en tus pasitos taconeo de tango
y frufruces de seda en tu marcha sensual,
pero tu personita claudicaba en el fango
bajo el fardo de ropas que nunca te pondrás.

 
Susana Rinaldi - A Cátulo Castillo

Y marcha así,
hoja de amor
que lleva el turbión
rumbo al taller.

¡Pobre costurerita! Ayer cuando pasaste
envuelta en una racha de tos seca y tenaz,
como una hoja al viento, la impresión me dejaste
de que aquella tu marcha no se acaba más.
Caminito al conchabo, caminito a la muerte,
bajo el fardo de ropas que llevás a coser,
quién sabe si otro día quizá pueda verte,
pobre costurerita, camino del taller.

Por eso son tan tristes todas las ilusiones,
y por eso en las locas noches del arrabal
parece que se quejan los roncos bandoneones
y cada tango es una canción sentimental.

Le siguieron música, letra, o ambas, de tangos inolvidables: La Violeta, Maria, La Ultima Curda, Café de los Angelitos, Caminito, Una Canción etc., etc., etc. Música para cine, y la música –con letra de Ivanissevich – del “Canto al trabajo” que llevara al disco Hugo del Carril. El sainete “El Patio de la Morocha”, la obra “Danzas Argentinas”… (1)

Cuando “el diario de los Gainza Paz”, La Prensa, fue peronista y la sección de cultura era dirigida por Cesar Tiempo (Israel Zeitlin), Catulo Castillo le sumo su maestría literaria arrimando cuentos y semblanzas populares. De esta época es su conferencia “Un teatro argentino para la nueva Argentina”, una de las tantas muestras de su compromiso peronista, que sus biógrafos de ocasión se empeñan en ocultar o eluden con piruetas inmorales.