miércoles, 11 de julio de 2012

Asuntos...

"Estos asuntos de economía y finanzas son tan simples que están al alcance de cualquier niño. Sólo requieren saber sumar y restar. Cuando usted no entiende una cosa, pregunte hasta que la entienda. Si no la entiende es que están tratando de robarlo. Cuando usted entienda eso, ya habrá aprendido a defender la patria en el orden inmaterial de los conceptos económicos y financieros".

Raúl Scalabrini Ortiz



En estos asuntos de política, pasa más o menos lo mismo; lo curioso es que ambas disciplinas son una; lo son en cuanto dejamos de entender la economía como si se tratara de los corolarios de funcionamiento de una libreta de almacenero y en cuanto dejamos de percibir la política como una suerte de culebrón al estilo “Dallas” o “Dinastía”.

Hace algunos años una querida amiga sufría en voz alta pensando que el proyecto político (por entonces aún con olor a nuevo) no estaba formando a los cuadros que tarde o temprano nesecitaría inevitablemente; más allá de la veracidad o no de ese temprano diagnostico, lo que me llamó la atención es la necesidad de formación que los militantes de este proyecto político manifiestan con desesperación.

Porque las coyunturas van cambiando y lo seguirán haciendo y las que un día pueden ser exitosas herramientas otro día se pueden transformar en un lastre innecesario e infausto. Como un carpintero puede necesitar un día de un serrucho y al otro preferir una sierra, pero nunca puede prescindir de su oficio de carpintero; así es entonces con la formación política.

Dicho en términos mas claros, nos sucede que en determinadas coyunturas logramos tender puentes discursivos los suficientemente amplios y sólidos como para ganar una elección, elevar la imagen publica de algunos de nuestros dirigentes y otras tareas del día a día de lo político; pero después quedamos como enamorados de las herramientas, perdiendo de vista su carácter instrumental.

En mas de un caso, estas herramientas, slogans, consignas o retazos de discurso funcionan como una suerte de vulgarización de ciertos conocimientos de lo político o lo económico, una construcción con una fuerza de impacto pasional, similar a la de un cantito de hinchada, pero allí existe justamente un problema, que es el de reemplazar conceptos por adjetivos. Y un riesgo, el de dejar de entender, el de empezar a darse cuenta de las cosas después que nos las explican y según nos las explican…

Desde que la televisión metió su megáfono en todos y cada uno de los hogares, se transformó en una especie de normalizador o de unidad de medida para toda producción cultural: artística, científica, periodística, política, incluso afectiva; y esta norma estuvo cada vez mas adecuada a la primacía de “lo banal”. El viraje a la banalidad que propone la tele se enseñoreo del periodismo y de la política; las noticias empezaron a ser cada vez mas fatuas, los “personajes” reemplazaron a las personas en las crónicas y una suerte de “Show del chimento político” bajó las cortinas de las emisiones de análisis y contenido político, el show de la pavada y la corrupción (que son una misma cosa) con que tanto le facilitó la vida a los productores periodísticos el menemato.
Y es allí donde se encuentra la brecha, la grieta que es indispensable achicar, para lograr que nuestro proyecto político sea indetenible.
¿Cuál es la finalidad de pasar largas horas debatiendo y aportando evidencias y conjeturas sobre la honradez de uno u otro funcionario, sobre las características de una u otra concesión, licitación, o contratación?
¿Cuál es el objetivo de hacer y rehacer la lista de supuestos “impresentables” o el análisis clínico de las tragadas de sapo, que jalonan estos años de gobierno?
¿Cuál es el objeto de señalar lo banal, aunque a veces convenga? El resultado es legitimar los discursos de la antipolitica, que en general es el antipueblo.

Los datos duros, son otra cosa, las estadísticas son indispensables para producir, defender y ponderar el accionar de nuestro gobierno. Las decisiones que lograron esos frutos, las nuevas leyes, las nuevas interpretaciones de las leyes, el hacer gubernativo y su coherencia nos ayudan siempre a reafirmarnos en las necesarias certidumbres que sellen atisbos de desconfianza. Datos duros que nos muestran todos los días que este proyecto no es un sueño.
Por estos días se ven por las calles de Buenos Aires unos carteles muy bellos, poéticos diría; en los que se puede observar la imagen de Néstor Kirchner junto a la leyenda “Vino a proponernos un sueño”, tengo que decir que me han gustado, incluso conmovido, pero que no lo creo cierto; fresco en la memoria tengo aun la propaganda del 2003, esos carteles no proponían un sueño, postulaban “Un País en Serio” la promesa no era “exijamos lo imposible” Néstor Kirchner nos vino a decir “Hagamos la lógica, la que va, por primera vez en sesenta años” y en eso estamos.
Decía entonces, que los datos duros nos ayudan a confirmar cada día que estamos en eso, pero con los datos duros no alcanza, no alcanza con una vulgata mas o menos diversa de frases celebres del pensamiento nacional (si, como la que sirve de acápite a estas reflexiones) no alcanza con la recuperación de una mística militante, de una iconografía; no alcanza con amuchar gargantas bajo una misma bandera; estas tareas, esta titánicas tareas, las ha emprendido nuestro pueblo con la misma voluntad, amor y empeño con que las viene emprendiendo desde hace 200 años.
Si nada de esto, que es muchísimo, alcanza para certezas sobre nuestro devenir político, ¿entonces que?
Bueno, ahí es donde viene la parte linda de este juego, la verdaderamente linda.
¿A quien le decía Néstor en 2003 “un País en serio”; cual era esa “la lógica, la que va” que subyacía en el slogan? Por que no nos vamos a creer que las hordas de vendepatrias que nos gobernaron desde el 55´ no eran “serios” tan serios eran que sus caras de culo nos costaron mucho, muchos. No nos vamos a creer que no respondían a una lógica, que no había un plan como aquel que decía “yo tengo un plan”…
Eran serios y tenían su lógica, pero su seriedad nos costaba ser dirigidos por un circo, y su lógica era la de las ventajas para el imperio, que chorreaba millones para los monopolios, que a su vez chorreaba miles para los payasos que ocupaban los sillones, que a su vez chorreaban mierda.
El País en serio de Néstor Kirchner distaba mucho de aquella seriedad caraculesca pero circense; “serio” significó que se asumían las responsabilidades, que se pagaban las deudas (y no solo “LA DEUDA”) que sesenta años de intolerancia atropello y saqueo nos heredaban. La lógica fue entonces la del crecimiento de la Patria, la del desarrollo económico, en una economía orientada a la justicia social. Serio fue no dejar los principios en la puerta de la rosada.
La deuda que tenemos, entonces, los militantes, es la de ser una militancia “en serio” empezando por construir dentro de cada uno una red de principios tan fuerte que pueda soportar el cruce de cualquier umbral, sea este el de la casa de gobierno, o la fiscalización de una mesa en cualquier parte del país.
Hará falta mucho mas que aprenderse los slogans y las frases celebres, hará falta mucho mas que defender a capa y espada a tal o cual compañero dirigente, hará falta mas que visitar las mil y una plazas de los mil y un actos, mas que los banners de Facebook.
Hará falta construir una ética propia, una de cada uno (como querría Sastre) unos principios a los que aferrarse, una templanza un aplomo que nos ayude el día que el éxito (fetiche de niños bien) quiera negársenos.
Nestor Kirchner es un ejemplo, pero no el único; el compromiso político, la producción de verdad, la paciencia, el entusiasmo incansable de tantos compañeros que a pesar de décadas de derrotas y frustraciones lograron alumbrar este presente puebla densamente nuestra nación. Existe un lógica, en entenderla y darla a entender se juega un país.

Fernando Brucoli