jueves, 13 de septiembre de 2012

El refugio.



El refugio.

58 años; allá por 1954 y haciendo un reconocimiento a la labor de los bibliotecarios como trabajadores, como obreros de la difusión y conservación de la cultura, el General Perón decreto la instauración de “Día del Bibliotecario”.

Porque en el tiempo, bibliotecarios hubo muchos, y muchos fueron los modelos que estos profesionales consiente o inconscientemente siguieron en su laburo.

Es para una forma en particular de esta labor para la que quisiera dedicar esta modesta reflexión, para un par de tipos y un par de bibliotecas que estuvieron presentes en mi juventud y que son los culpables de que a estas horas de la vida siga pensando que aquella es una tarea envidiable y maravillosa.

La pubertad me agarro allá por el edificio rosado de la biblioteca de Saavedra, entre enamoramientos patéticamente fallidos, primera borracheras y últimos juegos infantiles, sostuve con ansiedad mi visita al banco junto a la ventana donde las mil noches y una que tradujo para mi Juan Vernet me ayudaban a cruzar el mundo una y otra vez entre charla y charla con Silvia, que eso también es parte del oficio, charlarle a un preadolescente lleno de granos para lograr que se sienta a gusto, refugiado del mundo cuando -por lo que sea- lo necesite.

A medio mamar, a medio dormir, con unas ganas locas de nunca tener que dejar de andar por cualquier lado, estrenando mis piernas de adulto, esas que me llevaban a lugares a donde no me dejaban mis padres, a donde no preguntaba si podía, me encontró el café gratarola de la vieja biblioteca del congreso, un café, un lugar a donde la policía no me lleve, y eventualmente algún libro. Otro refugio, y todavía no se ponían bravos los 90s.

La escuela secundaria es a veces un lugar complicado, muchas cosas se entreveran en los pibes a esa edad y encima encerrados en esos campos de concentración donde quien no es policía de aula es penitenciario o simple buchón. Te toman lista, te dicen pelotudeces monstruosas que no tenés derecho a refutar, te obligan a escuchar los comentarios mas retrógrados y forros como si fueran verdades universales.

 Pero escondida del ojo de ese monstruoso panóptico había un lugar a donde nadie te miraba, un montón de libros escritos -mucho de ellos- por gente que detestaba a esa maquina represiva tanto o mas que uno, un montón de cosas que las mentes de alfiler de los docentes no podrían -ni aunque quisieran- transformar en conocimiento o siquiera entretenimiento, un oasis, un refugio…

Y así me acostumbre a pensar la biblioteca, como un refugio a donde estar a salvo de la intrascendencia y la violencia de la rosca cotidiana. Y así me acostumbre a ver al bibliotecario, como el guardián de ese refugio, el que iba a tener afuera, lejos, a los padres, policías, maestras, docentes, celadores y penitenciarios varios de los que siempre hay de mas.

Así lo veo, así lo creo, y a eso es lo que quiero pertenecer cuando me tomo el trabajo de soñar con ser parte de esa profesión o mejor dicho –y no me vengan con huevadas- de ese oficio.

A todos esos guardianes del refugio último de cualquier libertad les envío entonces el más apretado de los abrazos.

Fernandoluis.

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