jueves, 16 de junio de 2011

Querían matar a uno...


Ya hace unos cuantos años que el fuego lento de la posmodernidad viene derritiendo y liquidificando una a una casi todas las cosas que creíamos verdades, cada vez menos es lo que puede aspirar a ser lisa y llanamente cierto.
Cada vez menos afirmaciones pueden calificarse como simple y completamente inequívocas, casi nunca es "corta la bocha"; Dios, la ciencia, la historia, el arte, todo se fue transformando en un dilema de gustos, regustos e interpretaciones.
Fue Immanuel Kant quien pretendió (ingenuamente) tabular y censar aquellas verdades incontrastables, aquellas afirmaciones de certidumbre indudable, o como el mismo las llamara, "Imperativos Apodícticos".
Pero no es de filosofía (tema que ignoro de forma militante) de lo que pretendo hablar, sino apenas de un retaso de esa infinita inquietud, de un girón del pensamiento que pretende que"...el hombre es un fin en si mismo..."; metas y métodos, fines y medios, avances y retrocesos, praxis e ideología, definen por lo general todo el devenir de nuestras acciones, de nuestras ilusiones y angustias, pero siempre -siempre- estamos (o creemos o esperamos o nos pretendemos) bajo la égida de esta afirmación axiomática: "...el hombre es un fin en si mismo..." y con "el hombre" su felicidad, su libertad, su dignidad y su vida.
¿Puede considerarse "hombre" aquel que redondamente extravía este imperativo categórico, viva la época que viva?.
Diremos aqui que si, que lo abyecto no puede quitar lo humano, y lo diremos porque no fue lluvia lo que barrio la Plaza de Mayo aquel 16 de Junio, fue pura iniquidad humana lo que dispendió la muerte aquel día de 1955...
Nuestra historia nos demostró que largo y arduo es el camino que pueda mostrar los límites del comportamiento de quienes pierden de vista el valor de la vida, hasta tal punto que pueden dispensar la muerte como un trámite mecánico solo para lograr un poco más de guita, o a veces (aunque parezca tonto) apenas por envanecerse de la propia imbecilidad.
Después de aquella jornada, despues del golpe de estado que prohijó, se especuló con la doctrina de "muerto el perro se acabó la rabia"; veinte años de lucha lograron que un día volviera, el perro y la rabia, demostrando que (le guste o no a los melones de Washington) la historia de los pueblos no se detiene ni con un "shock" ni con un bombardeo, ni con 30.000 asesinatos; que los relojes marchan hacia adelante, independientemente de los artilugios mecánicos que se usen para engañarnos a nosotros o a ellos mismos.
Querían matar a uno, querían escarmentar a millones; cientos de compañeros fueron muertos, miles fueron heridos; herida fue también nuestra memoria, con una mácula imprescriptible; separando irreconciliablemente al país entre los herederos del dolor y el orgullo y los eternos celebrantes de la colorida fiesta del olvido.
A 56 años de la masacre, seguimos pensando que el mejor homenaje es continuar construyendo este sueño/país de 200 años de esperanzas, abonándolo con trabajo y ya no más con sangre; donde por fin nuestras vidas y las de nuestros hijos puedan ser un fin, y ya nunca un instrumento.