miércoles, 12 de junio de 2013

¨Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía¨





Carta del General Juan José Valle al General Pedro Eugenio Aramburu del 12 de junio de 1956

Dentro de pocas horas usted tendrá la satisfacción de haberme asesinado. Debo a mi Patria la declaración fidedigna de los acontecimientos. Declaro que un grupo de marinos y de militares, movidos por ustedes mismos, son los únicos responsables de lo acaecido.

Para liquidar opositores les pareció digno inducirnos al levantamiento y sacrificarnos luego fríamente. Nos faltó astucia o perversidad para adivinar la treta.

Así se explica que nos esperaran en los cuarteles, apuntándonos con las ametralladoras, que avanzaran los tanques de ustedes aun antes de estallar el movimiento, que capitanearan tropas de represión algunos oficiales comprometidos en nuestra revolución. Con fusilarme a mí bastaba. Pero no, han querido ustedes, escarmentar al pueblo, cobrarse la impopularidad confesada por el mismo Rojas, vengarse de los sabotajes, cubrir el fracaso de las investigaciones, desvirtuadas al día siguiente en solicitadas de los diarios y desahogar una vez más su odio al pueblo. De aquí esta inconcebible y monstruosa ola de asesinatos.

Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía. Mi esposa y mi hija, a través de sus lágrimas verán en mí un idealista sacrificado por la causa del pueblo. Las mujeres de ustedes, hasta ellas, verán asomárseles por los ojos sus almas de asesinos. Y si les sonríen y los besan será para disimular el terror que les causan. Aunque vivan cien años sus víctimas les seguirán a cualquier rincón del mundo donde pretendan esconderse. Vivirán ustedes, sus mujeres y sus hijos, bajo el terror constante de ser asesinados. Porque ningún derecho, ni natural ni divino, justificará jamás tantas ejecuciones.

La palabra "monstruos" brota incontenida de cada argentino a cada paso que da.

Conservo toda mi serenidad ante la muerte. Nuestro fracaso material es un gran triunfo moral. Nuestro levantamiento es una expresión más de la indignación incontenible de la inmensa mayoría del pueblo argentino esclavizado. Dirán de nuestro movimiento que era totalitario o comunista y que programábamos matanzas en masa. Mienten. Nuestra proclama radial comenzó por exigir respeto a las instituciones y templos y personas. En las guarniciones tomadas no sacrificamos un solo hombre de ustedes. Y hubiéramos procedido con todo rigor contra quien atentara contra la vida de Rojas, de Bengoa, de quien fuera. Porque no tenemos alma de verdugos. Sólo buscábamos la justicia y la libertad del 95% de los argentinos, amordazados, sin prensa, sin partido político, sin garantías constitucionales, sin derecho obrero, sin nada. No defendemos la causa de ningún hombre ni de ningún partido.
Es asombroso que ustedes, los más beneficiados por el régimen depuesto, y sus más fervorosos aduladores, hagan gala ahora de una crueldad como no hay memoria. Nosotros defendemos al pueblo, al que ustedes le están imponiendo el libertinaje de una minoría oligárquica, en pugna con la verdadera libertad de la mayoría, y un liberalismo rancio y laico en contra de las tradiciones de nuestro país. Todo el mundo sabe que la crueldad en los castigos la dicta el odio, sólo el odio de clases o el miedo. Como tienen ustedes los días contados, para librarse del propio terror, siembran terror. Pero inútilmente. Por este método sólo han logrado hacerse aborrecer aquí y en el extranjero. Pero no taparán con mentiras la dramática realidad argentina por más que tengan toda la prensa del país alineada al servicio de ustedes.

Como cristiano me presento ante Dios, que murió ajusticiado, perdonando a mis asesinos, y como argentino, derramo mi sangre por la causa del pueblo humilde, por la justicia y la libertad de todos no sólo de minorías privilegiadas. Espero que el pueblo conozca un día esta carta y la proclama revolucionaria en las que quedan nuestros ideales en forma intergiversable. Así nadie podrá ser embaucado por el cúmulo de mentiras contradictorias y ridículas con que el gobierno trata de cohonestar esta ola de matanzas y lavarse las manos sucias en sangre. Ruego a Dios que mi sangre sirva para unir a los argentinos. Viva la patria.

Juan José Valle. Buenos Aires, 12 de junio de 1956.

La Alpargata y los Libros


martes, 11 de junio de 2013

Manuel Dorrego








Cada vez que algún retazo
Perteneciente a este suelo
De las Provincias Unidas
Anduvo corriendo un riesgo
Se alzó con su voz valiente
Reclamando ese derecho
Y por la soberanía
Él supo jugarse entero
Así cruzó por la vida
Luchando Manuel Dorrego




Breve semblanza

Manuel Críspulo Bernabé Dorrego Salas nació en Buenos Aires el 11 de junio de 1787. Hijo de José Antonio do Rego, próspero comerciante portugués y de María Ascensión Salas. Manuel fue el menor de cinco hermanos, en 1803 ingresó en el Real Colegio de San Carlos destacándose por su viva inteligencia y su facilidad de palabra. Comenzó sus estudios de leyes en Chile, a principios de 1810. Había participado antes en una azarosa aventura ayudando a fugar a la Banda Oriental a un pariente comprometido en el fracasado golpe del 19 de enero de 1809 contra Liniers.

En la Universidad de San Felipe se unió a los que trabajaban por la independencia chilena, se convirtió en uno de los cabecillas de la incipiente rebelión y, al frente de los grupos estudiantiles patriotas, fue el primero en lanzar el grito de “Junta queremos”, cuando los sucesos de Mayo en Buenos Aires animaron a reclamar la renuncia del gobernador español.

Triunfante, tras varias alternativas, el movimiento emancipador en Chile, Dorrego abandonó los estudios, ingresó al ejército y ganó el ascenso a capitán en la represión de un motín antirrevolucionario. De regreso en Buenos Aires se unió a las tropas que marcharon al norte con Saavedra después del desastre de Huaqui. Producida la revolución de Septiembre de 1811, quedó a las órdenes de Juan Martín de Pueyrredón, integrando las avanzadas que, al mando de Diez Vélez, iban en ayuda de los sublevados de Cochabamba.

Herido dos veces en combate, alcanzó el grado de teniente coronel, quedando con la cabeza inclinada hacia un hombro por el resto de sus días a causa de esas heridas. A las órdenes de Belgrano, Dorrego se batió heroicamente en las batallas de Salta y Tucumán. Confinado por actos de indisciplina, estuvo ausente de Vilcapugio y Ayohuma, pero en 1813, ya coronel, tomó el mando de la vanguardia patriota, interviniendo en la formación de las milicias gauchas. Confinado por San Martín por nuevos actos de indisciplina, en mayo de 1814 se ordenó su traslado a Buenos Aires. Al mando de Alvear, luchó contra Artigas y, vencedor de Otorgués en Marmarajá, fue vencido por Rivera en Guayabos.

Lanzado a la lucha política, se pronunció por el gobierno federativo y auspició la autonomía de Buenos Aires. Junto con Manuel Moreno, Domingo French, Agrelo, Pagola y otros, fue decidido opositor del Director Pueyrredón. Intervenía en la Invasión de Santa Fe ordenada por el Director Supremo cuando, molesto por la guerra civil, pidió pasar con su regimiento al ejército que San Martín preparaba en Mendoza. Conocida su oposición a los planes monárquicos, Pueyrredón lo deportó el 15 de Noviembre de 1816. Sólo al tercer día de viaje supo cuál era su destino.

Después de una accidentada travesía llegó a Baltimore, enfermo y sin recursos, reuniéndose al año siguiente con otros opositores de Pueyrredón, también desterrados. Se ignoran las circunstancias de su vida en Baltimore, pero la observación de la vida norteamericana reafirmó sus convicciones federalistas. Volvió a Buenos Aires en 1820, después de la caída del Directorio.

Rehabilitado en su grado de coronel, tuvo el mando militar de la ciudad después de los sucesos del 20 de junio y fue gobernador interino. Trató de negociar la paz con Estanislao López, pero, enfrentado finalmente con éste, fue vencido en Gamonal. Dorrego, entonces, presentó su candidatura a gobernador en la provincia de Buenos Aires. Vencido en las elecciones por Martín Rodríguez, lo hizo reconocer por sus tropas. Siempre en la oposición, fue desterrado a Mendoza, huyó a Montevideo y regresó al amparo de la Ley del Olvido.

En 1823, electo representante entre la Junta, proyectó la supresión de las levas y desde su periódico El Argentino defendió las tesis federalistas en contra del gobierno de Martín Rodríguez y de Rivadavia. En 1825, Interesado en negocios de minas, viajó al norte, visitando a los gobernadores federales Bustos, Ibarra y Quiroga. Vio luego a Bolívar, que lo impresionó profundamente y a quien consideró el único capaz de contener al emperador del Brasil, entonces en actitud amenazante contra las Provincias Unidas.

Electo representante por Santiago del Estero en el Congreso Nacional, al discutirse la Constitución de 1826 sé destacó en los debates sobre la forma de gobierno y el derecho al sufragio. Desde El Tribuno atacó las medidas centralizadoras de Rivadavia, ganando prestigio en las provincias, en donde se lo consideraba uno de los dirigentes más caracterizados del federalismo en Buenos Aires. Influyó con su prédica en la crisis que culminó con la renuncia de Rivadavia a la presidencia de la Nación.

En agosto de 1827 fue electo gobernador de la provincia de Buenos Aires. En esa función lo sorprendió la sublevación unitaria del 1º de Diciembre de 1828 que lo derrocó y lo condenó a muerte por fusilamiento.

domingo, 9 de junio de 2013

Al pueblo de la Nación



Al pueblo de la Nación

Las horas dolorosas que vive la República, y el clamor angustioso de su Pueblo, sometido a la más cruda y despiadada tiranía, nos han decidido a tomar las armas para restablecer en nuestra Patria el imperio de la libertad y la justicia al amparo de la Constitución y las leyes.

Como responsable de este Movimiento de Recuperación Nacional integrado por las Fuerzas Armadas y por la inmensa mayoría del Pueblo –del que provienen y al que sirven-, declaramos solemnemente que no nos guía otro propósito que el de restablecer la soberanía popular, esencia de nuestras instituciones democráticas, y arrancar a la Nación del caos y la anarquía a que ha sido llevada por una minoría despótica encaramada y sostenida por el terror y la violencia en el poder.

Conscientes de nuestra responsabilidad ante la historia, comprendemos que nuestra decisión es el único camino que nos queda para impedir el aniquilamiento de la República en una lucha estéril y sangrienta entre hermanos, cada día más inevitable e inminente…

¡Viva la patria!

Movimiento de Recuperación Nacional
General de División Juan José Valle
General de División Raúl Tanco


Buenos Aires, 9 de junio de 1956.